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On the road - Derek/Stiles (3/?)

III. Thunder Road.

(Hey I know it's late we can make it if we run. Oh Thunder Road sit tight take hold. Thunder Road)



A veces Stiles habla de cosas que Derek no recuerda. Cosas que sucedieron durante ese agujero que hay entre ellos, ese agujero de dos años. Se ríe sólo al volante y Derek lo mira y está tan absorto en la carretera, tan feliz, que a veces no pregunta por no romper el hechizo. Otras veces sí lo hace, cuando la carretera es estrecha y el paisaje vasto y viejo. Hace horas que dejaron atrás el último resquicio de humanidad y el calor se le pega a la piel como hojas de lechuga mojada. Las bolsas crujen bajo sus pies, Stiles ríe a solas, con las mejillas coloradas y una camiseta de Mario Bros con una seta dibujada en ella que se burla “get a life” y le irrita todo tanto que pregunta por no arrancarle la piel a jirones.

- Qué.

El sol brilla hacia el Este y cuando Stiles lo mira, se regaña un poco.

- ¿Qué de qué?

Sigue sonriendo, despreocupado, y arruga la nariz como siempre hace cuando algo le divierte. El muy capullo. Hace demasiado calor para esto, murmura, “nada” y sube el volumen de la música. A Stiles le suda el cuello de la camiseta pero es Derek quien se rasca, como un perro con pulgas, molesto, con la ventanilla bajada y media cabeza por fuera. El paisaje es estéril y Stiles desafina “ohh ohh thunder road, ohhh thunder road, oooohh thunder road” y le mira de reojo, como si cantara para él, restregándole la canción, “oh thunder road, sit tight, take hold”, encantado consigo mismo.

Da igual que pregunte o que no lo haga, el caso es que Stiles habla de esas cosas sólo cuando a él le apetece. El sol se pone en la ciudad del acero, aunque ellos paran antes de llegar, en las afueras. Tienen entradas para el partido de los Piratas mañana por la tarde, pero de momento Derek decide que le apetece un cigarrillo. Siempre fuma más cuando anochece y baja la temperatura pero Stiles no le deja hacerlo en su santuario azul, así que se sientan en el borde de la carretera y un cigarrillo se convierte en varios, porque la noche trae consigo una brisa fresquita y se toman su tiempo. Stiles habla entonces, mientras juega a lanzar restos de gravilla a la negrura, cada vez más espesa, de sus espaldas. Le habla de cuando pilló mononucleosis, el año pasado, en una fiesta en la que ni siquiera besó a nadie, “qué raro”, dice, y suena un poco incómodo. Cuenta lo de esa botella de vodka que compartió con Danny y cómo se le olvidó mencionar lo de su novio enfermo, aunque en aquel momento Danny ni siquiera estuviera al tanto, a él le empezó a subir la fiebre tres semanas después, pero se recuperó en seguida. Stiles sufrió dos meses en cama y Lydia renombró la enfermedad como “homonucleosis”, a Danny le hizo gracia, a Stiles no tanto.

- Dos meses, Derek, imagínate – se queja, con grandes aspavientos - ¡Dos meses sudando en cama!

Y Derek se lo imagina, vaya si se lo imagina. Se imagina un Beacon Hills frío, con nieve recién estrenada, Navidad, o quizás no, quizás Febrero, todo el frío del mundo en todas partes excepto allí, en esa pequeña habitación de paredes grises, Stiles sudando, desnudo, empujando las sábanas porque todo pica y todo duele y la piel le arde como el último círculo del infierno. Se lo imagina como flashes, ahora sudando, completamente mojado, con la respiración entrecortada, ahora tiritando, acurrucado con la manta hasta el cuello, delirante de fiebre, larguirucho y completamente pornográfico.

La última calada se le atora en los pulmones, tose como un desgraciado y le lloran un poco los ojos.

- Oh Dios. Respira. – Stiles le anima, dándole palmaditas en la espalda.

Respira. Qué fácil. Pero cómo va a respirar si de repente todo es fiebre y en ese lado del mundo se acaba de terminar el aire. Respirar. No sabe cómo. Stiles está de pronto ahí, todo él, todo hombros y camisetas estúpidas y le agarra la barbilla, le dice que respire y no lo soporta, las manos calientes, el aliento tan cerca.

Le empuja.

- No. No me toques. – cuando la tráquea le deja de arder y consigue calmarse.

Hay una milésima de segundo en la que parece dolido, sólo un momento fugaz donde pone esa cara de cervatillo asustado y Derek se siente el capullo más integral del mundo. Pasa rápido, Stiles se recompone, levanta la ceja izquierda y arruga los labios hasta que no son más que una delgada línea rosada, y esa mueca la reconoce. Es su cara de “no te voy a dejar en paz hasta que te comportes como un ser humano normal, en vez de ese animal de cuadra al que te empeñas en parecer”. Al principio odiaba esa cara, esa forma de no dejarle ganar nunca, aunque no tuviera razón, esa insolencia. Tenía catorce años la primera vez que utilizó esa cara contra él, era delgado y menudo y Derek le sacaba tres años y le doblaba en tamaño. Podría haberle partido la cara, se lo planteó más de una vez. Fue un poco antes del incendio y de que se hicieran amigos, antes de las cosas a las que Derek no quiso nombrar para no hacerlas reales, antes de la huída y de que la cobardía lo consumiera como un cáncer. Ahora la vuelve a utilizar, después de dos años de echarla de menos, esa mueca, y hay algo ahí, entre el pecho y la espalda, algo parecido a una onda expansiva que le traiciona y le hace sonreír de nuevo, manso y vencido.

Stiles le pasa una botella de agua, le dice “ya has terminado de fumar” y no es una pregunta y de repente todo le hace mucha gracia. Este viaje, esto de Stiles, otra vez, a su lado. Tiene lunares nuevos, se ha fijado, en la barbilla, y en los brazos. Tiene millones de anécdotas que no reconoce y hace cuatro días, dos horas, le enfurecía. Ahora la noche huele a río y a metal y Derek decide que le parece bien. Hace las paces con sus fantasmas en una carretera tan oscura como él, y está bien, porque Stiles brilla por los dos, como una feria, todo luces de colores y atracciones que marean y está, todo esto, realmente bien. Stiles le contará las anécdotas que no reconoce cuando él quiera y hará muecas que le devolverán a la tierra y siempre, siempre, será el mejor ser humano que haya conocido nunca, aunque desafine y no le deje fumar dentro del Jeep.

De vuelta a la carretera a Stiles le rugen las tripas. Es Derek quien conduce y es también Derek el que pregunta “¿tortitas?”

- ¿Para cenar? – Lo mira con los ojos como platos, con la boca muy abierta - ¿Quién eres y qué has hecho con mi Derek?

Hay una pausa ahí, en ese momento, con las luces de Pittsburgh dándoles la bienvenida, una duda y otra mueca, una que no reconoce y no le gusta tanto como las otras, así que lo deja pasar, le quita importancia, se encoge de hombros y sentencia:

- Me apetecen tortitas.

Y entonces Stiles ríe, con toda la mandíbula, vibrando en su asiento, como si esa frase fuese lo mejor que le ha pasado en la vida y Derek se siente un poco más grande, casi tan alto como Godzilla. Se muerde la lengua y le brillan los ojos cuando revisa sus cuadernos de viaje, tiene varios, clasificados por zonas y Estados, todo el país le cabe en la guantera, pero Derek duda que pueda encontrar algún lugar donde hagan tortitas a esas horas.

Se equivoca. Stiles grita “bingo” y luego:

- Hay que cruzar el río. Yo te guío, ¿vale?

- Vale.

Sí. Vale.

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