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On the road - Derek/Stiles (4/?)

IV. Moonlight Mile

(Just another mad mad day on the road. I am just living to be lying by your side)


Sobre la enorme cúpula del Capitolio los nubarrones se arremolinan furiosos e inminentes. Washington D.C., haciendo gala de una inusual desobediencia, augura tormenta en pleno Julio. El clima no entiende de estatutos y así lo hacen saber los altavoces del metro, que piden calma y precaución mientras Lincoln se ensombrece y la ciudad se tiñe de azul Prusia. Bajo tierra Derek y Stiles cambian de línea y de planes, se despiden de una noche prometedora en los pubs de Georgetown y deciden tomar la verde rumbo al motel. En el bolsillo izquierdo, Stiles guarda un caos de folletos doblados con prisas, un llavero con forma de obelisco para papá y un rotulador rojo que en realidad le pertenece a Derek. Lo reconoce de paso cuando busca el bono de metro y se pregunta desde cuándo. En qué momento, desde que arrancaron el motor en Beacon Hill, se empezaron a mezclar las cosas sin darse cuenta.

*


Se odiaron durante año y medio. Scott conoció a Derek por accidente y de repente ya no eran Batman y Robin, era Scott “pues Derek cree que” en la cola de la cafetería, o “el otro día Derek” en el entrenamiento de Lacrosse. Había una tercera opinión, una tercera presencia que tambaleaba la balanza. Derek era mayor, tenía carnet de conducir y músculos donde Stiles sólo lucía huesos. Derek era novedad, cambios y una familia numerosa en el bosque. Era capitán del equipo de natación, horrible en química y biología y, en definitiva, nada que pudieran tener en común. Lo odió sin molestarse en conocerlo, por pura aritmética, pero sobretodo lo odió porque hacía sólo unos meses había perdido a mamá y se negaba a perder otra de las pocas personas que le quedaban. Aquella idea, en la mente de un niño triste de trece años tenía mucha lógica. La primera vez que lo vio, lo odió tan fuerte que le ardían los pulmones de rabia.

*

La televisión anuncia tormenta eléctrica justo antes de que retumbe el primer trueno, justo unos minutos después de que Derek cruce la puerta de la doscientos quince con tres cartones de pizza, la actitud repleta de malas pulgas y aliento a tabaco. Objetivamente Derek es un tío guapo. Siempre lo ha sabido, incluso cuando lo odiaba, especialmente cuando empezó a quererlo. Ahora, aquí, Derek gruñe “hace calor” cuando cierra la puerta y decide que es buena idea irse desnudando a golpes de camino a la ducha. Es verdad que hace calor, el cielo se vuelve petróleo al otro lado del cristal, pero ahí dentro, tras las cortinas desgastadas de la doscientos quince, es el infierno. A Stiles se le cuela la electricidad entre los órganos, y el ruido de la ducha no ayuda. No refresca. La habitación huele a pepperoni y masa recién horneada y, por alguna razón, toda esa quietud le agobia, el calor latente, el murmullo monótono de la televisión fundiéndose con el repiqueteo de las gotas contra la porcelana del plato de ducha, toda esa jaula. Deshace y vuelve a hacer las camas, metódicamente, pliego a pliego, tarareando esa melodía pegadiza de los Stones, porque hace años que dejó de morderse las uñas, pero el nervio sigue ahí, constante y mucho más agudo en determinados momentos. A veces ni siquiera las pastillas ayudan, a veces es sólo su cerebro como una máquina tragaperras, clink, clink, clink, clink, pero sin premio, sólo ruido.

Cuando Derek sale del baño, la noche se ha vuelto más violenta, los relámpagos iluminan a intervalos y el papel pintado de la habitación parece cáscara de limón. Derek se ha afeitado la barba y las malas pulgas, no sonríe, pero lo nota en la curva relajada de sus hombros, la mirada perezosa, las pestañas aún húmedas, lo nota porque lo reconoce, y porque todo es eléctrico, no sólo la tormenta, no sólo la hiperactividad, también lo otro, la domesticidad de la situación y esa cosa que hace que se le ericen los pelos de la nuca, como a un gato asustado.

- No has tocado la pizza.

No es una pregunta, es Derek y su forma de constatar lo evidente, lo hace a menudo. Lo hacía.

- Hace calor. – Repite, sin mucha convicción, mientras atusa la funda de su almohada.

Derek se encoge de hombros, como si fuera sencillo, todo esto. Anda por la habitación cómodo en su piel, alto sin serlo demasiado, imponente con toda esa calma que sólo consigue ponerle más nervioso. Pasea descalzo, mientras se sirve una porción generosa de pizza sin anchoas, con aceitunas y ternera. Lo observa de reojo, porque siempre ha sido guapo, pero hace años que dejó de ser objetivo y ahora está de repente todo aquí, en la jaula, descalzo, engullendo pizza en calzoncillos negros y una camiseta blanca que le resulta familiar. Hace calor y la cama dejó de estar deshecha hace demasiado tiempo. En la televisión no parece que echen nada bueno, podría leer algo de lo que se trajo de casa, podría llamar a papá, a Scott, decirles que está bien. O no, no podría. Siempre se le dio fatal mentir. Llevan tres días en Washington y parece que van a tener que quedarse, por lo menos, dos días más. No es que los cuente, el plan era dejarse llevar, pero el plan no incluía encierros forzosos con demasiado tiempo libre que consumir y demasiada piel expuesta. Está empezando a sudar y perder la camiseta parece una buena idea, parece la única opción posible, a estas alturas. Eso y servirse una cerveza fresquita del minibar.

- ¿Sabes que técnicamente aún no tienes la edad legal para beber alcohol? –Protesta Derek. El mismo Derek que le compró su primera botella de vodka. El mismo que le sostuvo la cabeza mientras vomitaba en aquella fiesta de Lydia.

Derek, que sonríe de lado, un poco como un secreto, y lo mira como si recordara.

- ¿Sabes que llevas puesto mi pijama, abuelo? – Señala la camiseta que lleva puesta Derek. Es blanca, es fácil confundirla, Derek tiene varias iguales, Stiles sólo tiene una, esa, la más aburrida, la que usa como pijama.

- No, esta es mía. – Sentencia. – Estaba en el baño.

- Sí, yo también hago eso a veces. Eso de usar el baño. – Protesta, acercándose – Y esa camiseta es mía, ¿ves esta mancha, Mister Monocromático? –Señala casi al final de la camiseta, hay una mancha rosada que se ha ido destiñendo con los lavados – Acción de gracias. Este año tocaba casa de Scott y él y Allison habían discutido, así que me quedé a pasar la noche. Hubo Mario Kart y más de una botella de vino y no necesitas saber más, pero digamos que mi padre no compró eso de “mancha de salsa de arándanos” porque es mi pijama y en Acción de gracias no solemos cenar en pijama.

Derek observa la mancha y parece realmente confuso cuando le reprocha “pero… me sirve”, como si no entendiera, con los ojos realmente abiertos, realmente tristes, como si se hubiera olvidado de esos dos años, de que la gente cambia y crece y Stiles también es eso, carne y huesos, y gente.

*

Aquel Noviembre la nieve les pilló desprevenidos. Fue el año en el que se suspendió la temporada de Lacrosse antes de Navidad, el año en el que Stiles dejó de odiar a Derek. Beacon Hill se cubrió de blanco violentamente. Había empezado a tolerar su presencia a ratos, pero seguía sin confiar en él. Tenía catorce años, aún no cumplía la edad suficiente para conducir, pero el jeep de mamá empezaba a coger polvo en el garaje y como cualquier niño medio roto de su edad, le pudo la soberbia. No tenía un destino claro, pero empezó a nevar cuando se adentraba en la carretera que daba hacia el bosque. Sucedió muy rápido. Tenía catorce años, un cachorro de pelo canela moribundo entre los brazos y todo el miedo acumulado en la garganta. No lo escuchó llegar. Se materializó a su lado como por arte de magia. No podía escuchar nada. Derek tenía la mirada decidida, el ceño fruncido bajo el gorro de lana. Dijo “dame las llaves” pero Stiles sólo oía el bombeo de su propia sangre. El perro estaba caliente, sangrando, dormido. Muerto. La nieve caía a su alrededor, pero no tenía frío, todo era calentito y silencioso, como cuando hundía la cabeza en la bañera con los ojos abiertos. El zarandeo lo devolvió a la superficie. Derek exigía las llaves del jeep. Repetía “Stiles. Stiles. Las llaves. Stiles. Conozco a un veterinario. Dame las llaves, Stiles”.

Le echó la bronca el día siguiente, pero esa tarde lo acompañó en la sala de espera, lo vio llorar y no dijo nada, ni siquiera le mintió con frases hechas. No dijo cosas como “todo va a ir bien” o “no se va a morir”, le pasó un brazo por encima de los hombros y esperó a su lado, con el gesto serio y las manos frías. Empezó a dejar de odiarlo aquella tarde en la que la nieve se tiñó de rosa. A Stiles se le acumularon todas las inseguridades como barro entre las arterias, no hacía más que causar dolor, todo era demasiado real, demasiado pronto, demasiado su culpa. Hablaba bajito, todavía con restos de shock en el paladar. Derek le miró como la gente mira a los diamantes, como si Stiles fuera algo brillante, raro e inquebrantable. Bufó sin dar crédito, le dijo “no seas estúpido” y luego “no lo eres, así que no lo seas”. Nunca le habían mirado de esa forma. Le hizo reír, en aquella sala de espera, con sus frases cortas y su constante mueca de viejo gruñón. Parecía fácil, no lo eres, así que no lo seas. Parecía tan fácil cuando Derek lo decía así, oliendo a cuero, con restos de nieve en las pestañas.

El año que nevó en Noviembre fue el año en el que Stiles dejó de odiar a Derek. También fue el año en el que Lydia adoptó su primer cachorro “porque es inmune a ti, Stilinski” y el año que se enamoró de ella. Abril traería consigo un incendio injusto y más dolor del que ninguno estaría preparado a soportar. Pero aún no lo sabían. Aún era blanco y aquellos meses hubo guerras de nieve mezcladas con risas y café a deshora. Ahora eran tres y estaba realmente bien.

*

Esa noche cenan en silencio y Stiles bebe más cerveza de lo recomendado. Derek dibuja en su libreta, recostado en la cama, en negro y verde. El rojo sigue en el bolsillo del pantalón, olvidado hasta la próxima colada. Stiles se duerme antes, agotado y algo borracho, con el sueño un poco inquieto. Derek se queda la camiseta y dibuja hasta que se le caen los párpados. Traza ángulos, piel, sombras y lunares que mañana planea tirar a la papelera, pero esa noche, con la luz azulada de la tormenta, desliza el bolígrafo sobre el papel, aprendiendo los cambios, las nuevas formas, concentrado en no permitirse olvidarlas.
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