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En nuestra cama después de la guerra - Remus/Sirius 1/2

Mira, esto fue así: rhea_carlysse pidió esto, la muy Satán, y yo estoy en una etapa de mi vida en la que el Potterverso me consume a golpes y mira, jesús, yo no quería, de verdad. Iba a ser un drabble cortito y algo triste, con algo de porno, quizás. Y se ha convertido en un PUTO DEMENTOR de dos partes (publicaré la segunda estos días, pero prometí publicar algo hoy, y me ha dado por cumplir promesas, últimamente). Esto es triste y la canción OBVIAMENTE habla de Sirius, pero creo que el realmente malherido de esta historia es Remus, porque siempre lo será, en mi canon, el que siempre salió perdiendo, sobreviviendo a todos, atormentado por la injusticia de que los niños mueran demasiado pronto, mucho antes que los monstruos.

NOTA: Ubicado en el cuarto libro, Sirius es un prófugo y se refugia en casa de Remus con la excusa de utilizar su chimenea y poder vigilar a Harry, que es su ahijado, y por lo tanto, SUYO.



En nuestra cama después de la guerra – Remus/Sirius



Se despierta con el aroma de té de naranja recién hecho y una presencia nueva en su habitación. Lo esperaba. Lo lleva esperando desde que escapó de Azkaban, desde que se reconciliaron –poco, a media voz- con un abrazo denso y oscuro en la Casa de los gritos, desde que juraron juntos matar a la rata, al traidor, al asesino de lo único bueno que poseían. Lo espera desde hace doce años, desde hace una vida, y aún así su figura le sobresalta. Sirius Black es, como siempre ha sido, un susto.


Es Febrero y Sirius saluda “buenos días, Remus” con la cara tras las páginas del Profeta. No lo llama Lunático, dice Remus y de repente todo es demasiado pronto, demasiado tarde, demasiado temprano. Sirius lee, en su casa, a los pies de su cama, más delgado de lo que ha estado nunca, más corrupto, más serio que la muerte, y Remus no sabe si el día es bueno, o ni siquiera si es de día. Londres amanece oscuro y frío y hay té de naranja recién hecho y lo único que siente Remus Lupin esa mañana es que se asfixia, no hay suficiente aire en Inglaterra, todo es petróleo y sangre en la garganta, respira el oxígeno que no encuentra, intenta calmar las mareas de su estómago y si le tiembla la voz cuando responde “buenos días, Sirius”, de camino a la cocina, descalzo y agotado, es porque los pulmones le aprietan el pecho, se ahoga mientras Sirius lee, en más hueso que carne, inocente –se recuerda- y vivo, a dos palmos del resto de su vida.


Bebe su taza de té en la cocina, lento, solo, haciendo espacio con cada sorbo, recomponiéndose como cada mañana después de la luna, sólo que más difícil, a ella está acostumbrado, a este Sirius, más viejo, más inhumano, no tanto. Le calienta las manos, el té, hay restos de cáscara de naranja y una bolsa de papel con bollitos rellenos de chocolate sobre la encimera y el hecho de que se haya acordado – doce años- le da ganas de vomitar. Sería tan fácil, dar dos pasos, luego tres y cinco más, entrar en esa habitación que ahora encuentra maldita, arrancarle el periódico de las manos, abrazarlo hasta dejarlo sin aire, pedir perdón, llorarle encima, besarle hasta que llore él también, romperle los huesos a embestidas, lamerle los tatuajes, sería tan fácil que sólo tendría que empezar por estallar la taza de té contra la pared y luego seguir, estallándolo todo, golpe a golpe, quejido a quejido, hasta que Londres arda bajo sus pies. Sería fácil si no fuera Remus Lupin, que ya vino roto de fábrica y se ha pasado la vida recomponiendo las piezas y elevando las murallas. En vez de eso, le prepara una taza de té rojo –si tuviera café haría café, pero hace años que no compra café, porque para qué- y se la lleva, con la taquicardia bajo control, a la habitación. Le dice “bebe algo”, cuando se sienta a su lado al filo de la cama, del mundo. Entonces se da cuenta, que Sirius ya ha bebido, que probablemente lleve bebiendo desde su huída, no precisamente té, huele ácido y un poco dulce y no es capaz de verlo así, esquelético y malherido.


Esa mañana Remus insiste en que descanse, que duerma un poco, pero Sirius se niega, sólo quiere una ducha y utilizar su chimenea.


- Algo está pasando en Hogwarts – dice, con la preocupación a borbotones – Harry nos necesita.


Si Sirius Black no hubiera cumplido doce años de condena injusta, probablemente Remus preguntaría “¿estás seguro?” o algo mucho peor como “¿estás borracho?” pero Sirius dice “nos necesita” y Harry no tiene padres y Remus no tiene Lily, así que dice “Vale. Está bien” porque Sirius no tiene James pero ambos pueden tener Harry y Harry puede tener un padrino, aunque sólo sea una cara en la chimenea, una voz cavernosa que a veces gruñe, pero que siempre pregunta si está bien, si necesita algo y, para tormento del chico, si ya ha besado a alguna chica.


- Se nos está amariconando, Lunático – dramatiza, se enciende. Reconoce al perro, al joven que fue, el aristócrata malhablado que siempre será - ¿Crees que aún es virgen?


Remus siente que vuelve a respirar, a nacer. Hola Sirius, estás ahí. Te había echado de menos, te he echado tantísimo de menos. Merlín bendito. No volvamos a hacernos esto. No vuelvas a asustarme así. Se le expanden los pulmones y tiene una sonrisa ahí, hurgándole el estómago, luchando por salir.


- Sirius, tiene catorce años.


- ¡Por eso!


No sonríe, pero siente que rejuvenece y esto sí puede dárselo, sólo un poco de lo que fueron, sólo un ratito, bajar el puente levadizo, dejar entrar algún monstruo entre las defensas del lobo. Perdóname. Te quiero. Júramelo, Canuto, júrame que tus intenciones no son buenas y quizás nada de esto haya pasado, en realidad. No te dejaré ganar, te lo juro, si nos seguimos el juego.


- No, lo que quiero decir es que no debería interesarte la vida sexual de un chico de catorce años, santo cielo.

Sirius tiene la decencia de meditarlo, un momento, y luego

- Es mi ahijado –le brilla la mirada por primera vez – Es mi deber asegurarme de que sepa exactamente cómo y de cuántas maneras puede usar su varita.


Hace una pausa, como si de repente recordara, flashes de memoria que intentaron robarle cuando era culpable, asesino, sangre de su sangre. Sirius respira, agotado y un poco menos viejo. Dice “se lo prometí”, como una travesura. Remus lee “se lo prometí a James sólo para chincharlo, cuando éramos reyes, antes de la guerra. Le prometí tantas estupideces, Lunático. Y pienso cumplirlas todas y cada una, idiotez por idiotez. Aunque te atormente, y quizás un poco también por ello. Pero sobretodo porque se lo prometí y su memoria es sangre y punto”


Harry está bien. Ha luchado contra un dragón – Sirius dice “ha matado a un dragón, ese chico” henchido de orgullo, maquillando la realidad a su antojo. – “Tiene sospechas, no se fía de mucha gente, chico listo. Estará bien.”


- Le he dicho que seguiría en contacto – no dice “no he traído nada conmigo porque no tengo nada, pero no te equivoques, Lunático, pienso quedarme para mortificarte todo lo que no he podido en doce años y pienso usar tu chimenea para hablar con mi ahijado te guste o no” pero Remus está acostumbrado al idioma de los perros y las estrellas y escucha con severa claridad todo lo que Sirius no dice.


Remus Lupin hace años que dejó de comprar café porque para qué y en su piso de Londres hay grilletes en las paredes, una máquina de escribir muggle, toneladas de libros que amenazan con hacer explotar las estanterías y vinilos que guardan polvo desde hace doce años, cuando murió la música en el corazón de la magia. No hay muchas cosas donde vive Remus Lupin, no hay demasiada comida en la despensa, sólo lo justo para ir sobreviviendo y alguna pieza de fruta que se limita a estar, sabiendo su suerte, condenada a fermentar. Hay, sin embargo, una ducha con agua caliente y suficiente presión para matar a cuchilladas, si uno quisiera. No hay fotografías en las paredes, ni flores, ni jarrones, pero hay un reloj muggle, porque una cosa es estar triste y otra muy diferente es estar loco, y hay una cama. Sólo una. Podrían caber los dos, pero aún ni siquiera caben en una habitación que se empeña en parecer diminuta sobre sus cabezas. Remus no cree que quepan los dos juntos en un colchón, no lo soportaría. Falta espacio entre las cosas que no se preguntan y ninguno dice nada. En vez de hablar, hechizan las paredes, los cerrojos y las ventanas. Susurran protecciones al unísono, Sirius ni siquiera utiliza la varita, sólo las manos desnudas, dedos huesudos, uñas con restos de sangre de algún animal. Comida, piensa Remus, y luego sólo piensa en cárceles y ratas y que se están encerrando, esta vez, a propósito.

**

Los días transcurren lentos, como nenúfares en una charca, densos y profundos. Se aprovisionan con tabaco, comida precocinada y más alcohol del que Remus aprobaría, en otras condiciones. Se atrincheran en una habitación con vistas al infierno y al quinto día, Sirius da los primeros indicios de quererse arrancar la piel a tiras. No se tocan. Sirius olfatea, a veces, entre sus libros y su ropa, cuando cree que no le presta atención. Siempre le presta atención. No se tocan. Se ducha tres veces al día, come el equivalente a cuatro niños gorditos –mucho. No lo suficiente- pero sigue flaco como un suspiro. A pesar de sus cálculos –temores, pero a Remus le gusta llamarlo cálculo, le resulta más analítico y menos como un puñetazo- caben en la cama. Caben incluso sin tocarse, cada uno en un lado y es extraño porque para Remus siempre fue todo Sirius, por todos lados o nunca Sirius en ninguno. El espacio de la cama donde no se tocan es un precipicio que le deja el corazón frío. Le traicionaste, chilla ese espacio, lo dejaste pudrirse sin luchar, bombeando escarcha, lo dejaste morir como dejaste morir a James y a Lily, monstruo, cobarde, es normal que no te toque, uno no toca las cosas que le dan asco.


Muchas noches Remus no duerme, casi no respira. Le atormentan las cosas que no se dicen y donde no se tocan y quiere chillar tan fuerte que se queda sordo, de dolor y de culpa. A veces lo mira dormir y ve en Sirius la cárcel, los pómulos como acantilados, el pelo larguísimo, los ojos hundidos. Otras veces, cuando se permite buscar, encuentra a ese Sirius que desafió su estirpe, ese al que no pudieron retener tras la celda, al chico que se comía el mundo a dentelladas y nunca jamás nadie pudo robarle los recuerdos felices. Quiere besarlos a los dos, tocarle con la electricidad acumulada de los años perdidos, curarle las heridas a lametones y hacerlo brillar y rabiar y morder tan fuerte y tan dentro que le aterra la posibilidad de que Sirius Black no quiera volver a tocarle, mucho más adentro que la carne y la luna, donde ha estado siempre.


A veces el que chilla en mitad de la noche es Sirius, preso en sus pesadillas. Se agita como un tsunami y su rugido hace temblar los cimientos del mundo. Esas veces Remus sí le toca, en esos momentos no podría no tocarlo ni aunque le arrancaran las manos, Sirius pregunta “¿Jimmy?” confuso, entre el sueño y la vigilia, con la mirada vidriosa, pequeño como no lo ha sido nunca en su vida. Remus dibuja formas suaves en su espalda y no dice nada porque decir “ya pasó” o “estás a salvo” le parece de una bajeza casi sucia, porque no es verdad. Así que le toca suave hasta que vuelve a dormir. Otras veces es incapaz de volver a dormir, mira a su alrededor, recomponiendo las piezas, se enciende un cigarro y los dos hablan –bajito, Sirius más profundo, con las pesadillas aún latiendo en el paladar- de esto y aquello, de Harry, que tiene amigos fieles como sombras y las manos de Lily y el pelo imposible de James Potter. Hablan de lo que se avecina, Sirius ha escuchado secretos, entre los huecos de Azkaban, susurros que invocan el pasado y una guerra que no terminó del todo. Algo maligno se cuece entre los hilos de la pureza, algo a lo que nadie, ni siquiera ellos, se atreve a ponerle nombre. A Sirius se le enciende la mirada, rojo perro, negro infierno, cuando le confiesa sus sospechas. Remus escucha “que vengan, que se atrevan, una excusa, Lunático, una puta excusa y los mataré a todos” y se descubre pensando que “sí, que vengan, los mataremos, Canuto, tu y yo. Sangre por sangre” pero luego piensa “Harry. Hermione. Niños. Son sólo niños. Otra guerra. Niños muriendo. Niños en jaulas. Sirius” y luego sólo “siriussiriussirius. No. Por favor, otra vez no” La sed de venganza del lobo muere con las ganas de mantenerlos vivos, calientes, a salvo. Todas las mañanas revisan los hechizos protectores, pero esas mañanas en las que Sirius no consigue volver a dormir y comparte sus demonios, Remus los revisa cuatro veces más, las que haga falta, recita en su cabeza, con las yemas de los dedos frías de rabia y la sensación aterradora de que, aunque se avecine Marzo, nunca jamás volverá la primavera.

**

Hace años que no los visita, pero una tarde, antes de Marzo y mucho antes de que los niños empiecen a morir en Hogwarts, Remus se acerca a la tumba de los Potter. Les lleva un ramo de lirios blancos, porque cualquier otra cosa sería estúpida. No lleva a Sirius porque por primera vez en días lo ve dormir profundo y manso y despertarlo hubiera sido una catástrofe, pero lleva secretos en los bolsillos y tabaco y canciones entre los pulmones. Se queda muy quieto, muy largo, frente a la tumba que invoca demonios y también cosas buenas. Cosas como el olor de la leche caliente por las mañanas, el papel de los pergaminos, tinta y sangre y colores que hicieron estallar en el cielo, una noche de tormenta, sólo porque eran jóvenes y gloriosos. Esa tumba invoca promesas y malas intenciones y también todas las mejores. Chocolate de cien mil sabores, pasadizos entre la piedra, huesos crujiendo con toda la intensidad de la luna, poemas a media tarde, jazz a plena furia, bajando las escaleras, como un torrente, líquido y maldito, como whisky de fuego. Los echa de menos todos los días, con la intensidad con la que se pierden órganos vitales. Les habla de Harry, que tiene catorce años y algo de miedo, sólo a veces, pero tiene amigos, les dice “Lily, los mejores, se cuidan bien. Te encantaría, tu niño, tiene tus manos y tus ojos pero brillan como los de James y sé que odiarás esto, pero prefiere el Quidditch a la Aritmancia” No les dice “tengo a Sirius” porque es mentira, ya no. Ni tampoco “Lily, te necesito más que nunca” porque una vez sus amigos lo necesitaron –más que nunca- y él no estuvo. Le mantiene en pie el recuerdo de aquellos años en los que aún no estaba todo roto y se conforma con esto, con poderles hablar a través de la tierra, húmeda y mohosa, aunque no se sienta con derecho. Se queda durante horas, estando, callando, hasta que el cielo no es más que estrías de luz violeta sobre el cementerio.


De vuelta, en Londres, le cae encima una lluvia fina que no consigue empaparlo, no del todo, pero entonces abre la puerta y lo ve, magníficamente furioso, y ahí sí, se siente completamente calado, hasta los huesos. Sirius escupe bilis cuando pregunta “¿Dónde estabas?” Ha desempolvado algunos vinilos, desparramados sobre la cama, negros como el perro. Suenan los últimos lamentos de “Sister Morphine”, dolorosamente tristes. Remus había olvidado la música y esa sensación de sentirse acorralado. No le miente, sería imposible. Confiesa “en Godric’s Hollow” y el perro enmudece. Se acerca, le toca. Se tocan derramándose. Sirius le abraza, todo huesos, todo fiebre. Le gruñe “malnacido”, en la curva de su cuello, agarrándole el pecho, como cuando las lunas “maldito seas” cerca del cuello. Sirius no lo dice, sólo le respira a bocanadas, agotado y sin aliento, caliente contra su cuerpo, pero Remus escucha, claro como el vidrio “no me vuelvas a dejar tirado, Lunático. Ni se te ocurra. ¿No ves que me aprieta la jaula, Lupin?, sácame de aquí o quédate, pero no te vayas y sobre todo, maldito seas, no me recuerdes las tumbas” A Remus Lupin no le queda hueco en la carne para más cicatrices, así que hunde la nariz en su pelo y reza para no morirse de pena cuando Jagger reclame sus flores muertas.
Tags: fandom: harry potter, fanfic, hp: post-azkaban, hp: remus/sirius, note:angst, note:manpain
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