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En nuestra cama después de la guerra - Remus/Sirius 2/2

He aquí la continuación. Y final. Esto ha sido posiblemente la cosa más intensa y dolorosa que he escrito nunca antes. Y yo, a estos dos, no los había escrito NUNCA ANTES. HELP. No mucha gente escribe post-Azkaban y es normal ¡nadie querría leerlo! ¡Yo no querría! (bueno igual sí. Dame!) Pero por alguna razón masoquista, quería escribirlo. ANYWAY. Remus/Sirius y las cosas que llevaban los hombres que lucharon or something. Enjoy <3

Por supuesto, para rhea_carlysse que lo pidió y me rompió el corazón. This is so 2009 omg. *nervios*



Lo que pasa con la luna es que uno no se acostumbra a ella. Es caprichosa, juega con los océanos como los dioses, convierte lo apacible en tormenta y ahoga ciudades enteras. Lo hace porque la luna no sabe ser de otra forma, es su naturaleza como lo es ser cruel y majestuosa. La carne no es sólo carne bajo su influjo. La carne se desparrama cuando eres medio hombre, medio lobo, todo luna. Las venas se estiran, los huesos estallan, se confunden los órganos, que crecen y se adaptan a los espacios que no deberían pertenecerle a la luna. Remus sabe a qué huele la carne cuando se rompe, sabe qué se siente, cuando crece el pelaje. Es como dejar una ventana abierta, una brisa suave en mitad de la tarde, el vello de los brazos se eriza y el cosquilleo es como un chasquido de dedos, fugaz, fantasmal. Es eso, pero peor. Es eso pero no son cosquillas, son cuchilladas y es cada poro de su piel abriéndose hasta que el dolor no es más que ceguera, blanco, blanquísimo, detrás de los párpados.

Remus también sabe que la poción matalobos es mitad mentira, no todo lo eficiente que le gustaría. Es eficaz en el sentido en el que el lobo no consigue dominarlo por completo. El problema es que la luna es posesiva e inmune a la magia. Es casi peor con la poción, el dolor, las ganas. Es casi peor porque la luna invoca sus bestias y todas las partes de Remus que son salvajes e indomables quieren someterse a ella.


Esa tarde se desnuda despacio, dobla su ropa, se coloca los grilletes con el esmero de un cirujano y respira, tres, cuatro bocanadas. Espera. El lobo lo reclamará a pesar de las pociones y los conjuros, a pesar de la debilidad, el lobo siempre lucha, siempre quiere aunque Remus tenga trucos y hechizos entre las uñas.


Sirius lo mira desde el otro lado de la habitación, sentado muy recto sobre la cama, como un perro alerta. Pregunta “¿Ya?” cuando empieza a retorcerse, sólo un poco, es solamente el principio, pero sí,


- Ya.


Le sale la voz lechosa, febril, casi maníaca y luego nada, el hombre enmudece y el lobo le deja la garganta en carne viva. Ruge, grita, aúlla por la jaula del cuerpo y el veneno de la plata alrededor de sus brazos. Coexisten los dos, la palidez del hombre, los músculos en tensión del lobo. No puede evitar que le crezcan los colmillos, no esta noche, que se le desangren las encías y la mandíbula se extienda como plastilina. Hay una presa sobre su cama y aunque Remus lo reprima y la poción haga su efecto, el lobo lo huele.


Esa noche la luna actúa inquebrantable. Y Sirius le toca. El tacto le cuartea la piel, enciende al lobo, estimula los sentidos más primarios del hombre. Se desmaya, a ratos. Despierta con las manos de Sirius agarrándole la cara. La bestia gruñe y reclama su festín. Escucha palabras sueltas “Sólo carne”, “Remus”, “tan injusto”, “joder”, “precioso, lunático” y debe ser el lobo, que trae consigo recuerdos en forma de ecos. Debe ser la luna, que ahoga civilizaciones y convierte las palabras en burbujas. Algo le moja las pestañas. Un lengüetazo, quizás dos. Está consciente pero a la vez no. El aire huele canino, le pesan los ojos y hay algo suave y peludo que hace que le cosquilleen las rodillas. Piensa “Canuto” y el lobo recuerda pero el hombre se resiste a salir a jugar. Remus se rompe y no es tanto culpa de la luna, o a lo mejor sí. A lo mejor son las manos rugosas sobre sus caderas, ligeras como un suspiro, como un trozo de memoria. O el roce de una nariz en el hueco de su ombligo y los labios calientes, derramando todo el aliento sobre las cicatrices. A lo mejor son las palabras, juramentos a media voz, para no sacudir a la bestia. A lo mejor es, quizás, que Sirius le toca como si fuera frágil y el lobo no entiende de caricias.


Despierta en silencio. Toda la calma de la madrugada retumbando en sus oídos. La cabeza le pesa cien mil toneladas. Siempre es difícil, la mañana que sucede al lobo es volverse a encontrar, a recomponer. Reaprender la morfología de su cuerpo, repasarse de arriba abajo y viceversa. Reconocerse a pestañeos siempre resulta confuso durante esos escasos minutos en los que se para a mirar la delgadez de sus tobillos, los ángulos de sus caderas, la estructura plana y pálida de su pecho. Le sorprende que pueda caber tanto ahí dentro, en ese cuerpo que parece al borde de la fractura, tanto dolor, tanta resistencia.


Esa mañana encuentra además una figura acurrucada sobre sus pies. Sirius está desnudo y él se siente crucificado y se le mezcla la risa con el ácido en el estómago.


Le despierta con un movimiento suave de tobillo “Hey”. Sirius abre un ojo, bosteza, se despereza como los animales.


- Hey tú. – Lánguido, con toda la pereza del mundo en las pestañas – Vamos a – Mientras le ayuda a quitarse los grilletes –dormir – Guiándolo hacia la cama – un rato más.


A fuera la ciudad despierta a golpe de puntualidad británica. Dentro, la calma es blandita y Remus vuelve a ser Sirius por todas partes. Sirius con medio cuerpo encima suyo y los dedos hundidos entre su pelo. Sirius mayor. Sirius más niño que nunca. Sirius desnudo dibujando mapas sobre su cráneo como promesas. Remus piensa “Mmmmsí” y luego cierra los ojos y ya no piensa nada.


**


Una mañana Sirius sale del baño, se apoya en el marco de la puerta y suelta un hondo “¡Tadá!” que suena como la solución a todos los problemas del mundo. Mágico y Muggle. Remus levanta la mirada de su crucigrama. Sirius lleva el pelo más corto, a la altura de los hombros. No sabe qué clase de hechizo ha utilizado, pero debe ser magia negra, de la más corrupta, porque le brilla la melena y parece otra especie, casi un león. El pelo le ondula justo donde Remus Lupin quiere hundir sus dedos para saber si es tan suave como parece. Tan peligroso.


- ¿Te has dejado bigote sólo para poder atusártelo?


Sirius ríe, perruno. Suena como petardos en la boca del estómago, como un puñado de abejas picantes de Honeydukes. Es un buen bigote.


Se lo atusa, encantado consigo mismo.


- Elemental, mi querido Lupin.


Si Remus Lupin creyera en los milagros elegiría este. Sirius radiante una mañana de Abril. Sirius sonriendo ajeno a la guerra y a las traiciones. Sirius brillando como si los demonios no tuvieran poder sobre él. Sirius incandescente, atusándose el bigote, dándole a la vida una segunda oportunidad. Sirius Gryffindor, arañando las murallas, trepando la torre más alta, marcando un tanto, glorioso, sobre la escoba, cayendo en picado, esquivando dementores. Sirius y las ocho mil formas en las que Remus quiere arrancarle la ropa. Sirius, que siempre consigue derrumbar sus defensas con sus ideas estúpidas y le hace preguntarse cómo y de cuántas maneras hará cosquillas ese bigote si Sirius decidiera volver a tocarlo algún día, de rodillas, con los labios hinchados, rojos, rojísimos, y la mirada llena de solemnes y terribles intenciones.


**


Un día Londres amanece apacible, todo primavera recién estrenada, reluciendo sus contrastes, naranja y gris y a ratos magenta, si se siente generosa. Y al siguiente ahoga las alcantarillas junto con todas las promesas de manga corta. Vivir con Sirius es un poco así, como la ciudad, es caótico, excéntrico, nunca se sabe por dónde va a salir su rabia, su exuberante buen humor o su patético y desquiciante aburrimiento.


Casi nunca sale de la habitación, muchas veces lo descubre con la ventana abierta y medio cuerpo por fuera, pero eso no es salir, no lo suficiente. En esos momentos parece más salvaje que nunca, de una indomabilidad arrolladora, como si nada ni nadie pudiera romperle el corazón. Como si ni siquiera le importara que lo intentaran. Le guiña un ojo y el viento le despeina los mechones y es como Quidditch otra vez, con el aire golpeándole la piel de la cara y esa pausa en la mirada, eso de volver a sentirse libre, en casa. A Remus le desestabiliza un poco esa expresión, nunca sabe qué hacer con las manos.


A veces bufa, se retuerce, fuma compulsivamente, escandaloso, haciendo aros de humo con la lengua, pornográfico, sólo para llamar su atención, la de las paredes, si hiciera falta, la de cualquiera que decidiera mirarlo. Remus, por ejemplo. Lo mira mucho. A todas horas. No podría no mirarlo aunque quisiera. Mirarlo es como volver a respirar de nuevo. Después de doce años se le atraganta el oxígeno de tanto mirar. Trata de disimular, por si acaso, porque la vida nunca ha sido benevolente con Remus Lupin y no sabe si puede permitirse otro golpe, porque si mirase y Sirius le mantuviera esa mirada, querría tocarle, y si le tocase ya no tendría piedad. Remus cree que con abrirse en canal una vez al mes es más que suficiente. Así que lo que hace es refugiarse detrás de algún libro, le mantiene las manos ancladas al papel y la mirada entretenida. Esta vez es uno con una portada azulada que dibuja formas montañosas. Es un libro pequeño que se llevó como souvenir de aquella librería de Norwich, cuando era otro tipo de profesor, allá en otra vida. Está escrito por un autor que no reconoce, pero por el que enseguida siente simpatía. No es una poesía épica, ni especialmente empalagosa. Es esa clase de poesía que da un poco de pudor, de esa que se va desnudando línea a línea hasta que de repente un salto de página es como un salto al vacío y uno se tiene que ir quitando las palabras despacito, porque si tira muy fuerte, podría despellejarse. Es visceral y es un susto de muerte sentir la cama vencerse con el peso de Sirius, que de pronto está todo ahí, a su lado, mucho menos desquiciado, buscando lo que parece algo de redención, algo de compañía. Le dice “Hey Remus, ¿por qué no me lees?” y es casi enternecedor, así que bueno, le lee.


Neruda es un sacrificio cuando se enfada. Remus lee despacio, un tono más bajo de lo habitual, con cuidado de no bajar muy deprisa a los infiernos para no contagiarse de ese enfado pegajoso de cañería antigua. Recita que se cansa de ser hombre, se pregunta cómo sería “dar muerte a una monja con un golpe de oreja” Cree que “sería bello, ir por las calles con un cuchillo verde y dando gritos hasta morir de frío.” Y podría dejarse empujar “a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas” si Sirius no lo interrumpiese.


- Hey profesor – otra vez, con esa mirada de perro enjaulado - ¿por qué no me lees?


¿Qué?


- Te estoy leyendo.


Se irrita, coge aire, maldice un poco, a media voz. Suena como un llanto, como un latido cuando dice:


- No, Lupin, que por qué no me lees.


Pablo Neruda le ofrece una residencia en La Tierra, pero Remus Lupin siempre ha preferido las constelaciones. Y entonces le lee. Y ve todas las razones por las que Sirius Ulises Black no le toca. Hay gente que no necesita poetas, sólo que le besen y le abracen y le toquen porque ellos se han olvidado de cómo hacerlo. Hay gente que busca excusas como chimeneas y nunca dejará de acompañarte cuando la luna duela. A Remus se le escurren los renglones entre los dedos, se maldice “qué idiota, diosmíoquétremendo, qué idiota soy” y rellena los huecos de su mano con la ropa de Sirius –un jalón- con la piel de Sirius, porque él sí que recuerda cómo se tocan las cosas importantes -con cuidado- hasta que las manos no son suficientes y entonces se suicida y le besa y descubre que sí, que el bigote hace cosquillas y que quizás Sirius no se lo ha dejado sólo para atusárselo.


Se besan como si la vida volviera a cobrar sentido, con toda la boca, como si Sirius hubiera recordado, de pronto, las cosas que no perdió aquella noche de 1981. Se besan y no. Se comen, se maúllan a ratos, con los dientes, con toda la carne hirviendo en la trinchera. Hay ruido de sábanas y corazones que crujen y la ciudad se calla, discreta, e intenta escabullirse por la ventana abierta. Sirius le lame la nariz y a Remus le entra la risa. Se frotan despacio, dándole al tiempo una tregua. Se quitan la ropa a brochazos, no conocen otra forma de hacerlo, si no es en carne viva. Son animales y son contraseñas sobre el pergamino. Son la promesa de no saber cómo no tenerse, grabada a fuego y a semen y a veces a mordiscos. Hace una eternidad fueron Gryffindor y eso es algo que nunca nadie podrá quitarles. Una vez fueron canallas porque las otras alternativas eran inconcebibles, así que esa tarde arañan los restos del honor y rebuscan entre la magia. Sirius es todo electricidad donde Remus –por fín- le toca. Habla constante, caliente – Remus, joder- con la honestidad incandescente –me tienes… no sabía… venga sí- Se frotan polla con polla porque no saben cómo frotarse más adentro sin hacerse daño antes. Tras doce años de tránsito vuelven a ser la música que sonaba cuando se creían invencibles. Ahora son mayores pero no más adultos. Sirius lleva tatuajes que Remus no reconoce, le parece inadmisible, así que le muerde y le marca hasta desquiciarlo. Sirius lleva también sonrisas de otra época, los ojos brillantes y las palabras justas para hacerle tiritar. Le dice “me corro, Remus, si sigues te juro que me corro. Vamos a corrernos. Lunático, hazme…” y Remus sigue –le clava las caderas, le arde encima, más rápido, más lobo, más sí- porque a él también le tiemblan los cimientos y piensa que si la caída es inevitable, deberían caer así, juntos, sudando y en picado.


**


En Junio un niño será asesinado en un cementerio y Harry necesitará un refugio. El fénix abrirá sus alas, rebelde, rojo como la rabia. Desempolvarán el pasado de una estirpe maldita. Los cuadros de las madres muertas intentarán darles caza, pero las bestias se tomarán la revancha. Derramarán la música por las escaleras para invocar el silencio. Rock y Jazz para la insumisión. Sirius no pedirá redención por los pecados de otros y Remus querrá aferrarse a las pequeñas victorias. Intentarán ser mejores aunque no siempre lo lograrán. Siempre habrá un perro cerca cuando se llene la luna. Siempre habrá un hombre lobo que ponga en su sitio al perro. Y para ambos será suficiente.


/fin.
Tags: fandom: harry potter, hp: post-azkaban, hp: remus/sirius, note:angst, note:manpain, note:nsfw
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